“Dicebamus hesterna die…”

No deberíamos perder la práctica de los pasos, la sana costumbre de retomar en el mismo punto -como si los años de quieto paisaje no cansaran- el último escrito. “Dicebamus hesterna die…”, decía antes de ayer, tras el mismo tiempo y la misma puerta, Fray Luis de León, su anécdota o Unamuno volviendo del exilio. Lo cierto es que, si quiero seguir con la vela el aire cálido de los presentes inmediatos, debo tantear la altura de las circunstancias y moverme. De nada sirven la vida contemplativa, más o menos confortable y digna de grandes odas, o la espera a que un dictador sea derrocado, según cuentan en parte, por un mal de azúcar.

He optado por la vía más dramática: recordar en secreto y nacer.

Soplaba hace poco más de un año las cenizas de mi primer blog: Velas vanguardistas, sin la esperanza de que asomase un plumón bermejo, pero he optado por la vía más dramática: recordar en secreto y nacer.

Y heme aquí. “Entre el infinito y el cero” es el título que me exigió –y no me equivoco en las intenciones- mi maestro y prologuista en este caso, Javier Díaz Gil, para mi segundo poemario. Procede de los últimos versos del poema que abre la segunda parte del libro:

Entre el infinito y el cero,

mi Unidad.

Un reflejo de la pragmática elección de todos, de la virtud más prudente y aristotélica, de mi balsa de medusas entre la ciencia y la poesía; la conclusión más sincrética, realista y moderada, que pude abstraer de mi respuesta a la pregunta planteada por la III Olimpiada Filosófica de la Comunidad de Madrid: ¿Qué es la realidad?

Sin rodeos: escribiré sobre los lugares, libros e ideas que me enseñen, los pensamientos que de otro modo podrán ser siempre nuevos, las auroras demasiado mutantes para quedar recogidas en un orden lógico del día, los eventos y acciones recomendables, las noches en invierno de tertulia, las efemérides que me han hecho ser quien soy -pequeños propósitos-, la enfermedad y el sistema, la calmada “macroscopía” desde su agitado microcosmos, la sintética de la vida, el molinillo de los rizomas que no ha cesado en su giro y guarda semillas en el granero para su futura diseminación cuando las palmas hacia el cielo estén curtidas.

Como decíamos ayer… si algo ha cambiado, no es el nosotros.

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